Sábado, 21 Septiembre 2019 00:00

LOGROÑO RECONOCE A DIEGO URDIALES

Foto: Miguel Pérez-Aradros Foto: Miguel Pérez-Aradros Foto: Miguel Pérez-Aradros

El coso de La Ribera brindó una atronadora ovación a su torero, Diego Urdiales, al terminar el paseíllo de la primera de abono, que el torero de Arnedo recogió desde el tercio sensiblemente emocionado después de cumplirse veinte años de su debut en la feria de San Mateo en la antigua plaza de La Manzanera.

Así describió la tarde en que se festejaba al patrón de la ciudad Patricia Navarro, crítica taurina del diario La Razón...

El silencioso temporadón de Diego Urdiales nos trajo hasta aquí: su casa. O casi. Cerquita de su Arnedo, durante muchos años, mantuvo la llama de su vida profesional entre Bilbao y Logroño con faenas de ensueño haciéndonos perder el norte en su norte natal. Dos tardes en cuatro días se anunciaba. Y los buenos aficionados en estos tiempos de hamburguesas de dos pisos saben que eso es degustar caviar. Y vale todo, porque cuesta mucho encontrarse con un torero de esta magnitud. Y más cuando no es tan fácil verle ni en temporada de muchas sustituciones. Pasados unos minutillos, cosa rara, se abrió el paseíllo, el del desafío del bien y del mal. El miedo sin fisuras y la moneda al aire para tormento de familias y amigos. El desvelo. Dos veces derribó al caballo el toro y tardaron lo suyo en devolverle a su sitio. Los tiempos, esa cosa, qué misterio, sabe Diego, los hizo él, los dibujó al compás del toreo después, buscando el ritmo al toro en la codiciosa embestida y lo encontró y así los olés, porque por ahí, entre un pase y otro, transitaba la tauromaquia de siempre resuelta en el hoy ante nuestros ojos. El medio pecho, el cite de frente, el estaquillador nivelado, por el centro, la perfecta sintonía de la estructura de su cuerpo como si fuera una escultura de este rito loco. De pronto fluyó. Y así lo disfrutamos en una armoniosa labor, que tuvo todas las letras de un partitura deliciosa. El remate a dos manos. La espada a la primera, la demora de la muerte, la vida pasar, el descabello. Y el trofeo.

Otra cosa fue el cuarto. Escarbaba ya en banderillas, preámbulo de lo que estaba por venir. Y rajado, quería irse. Fuera de la jurisdicción de Urdiales, refugiarse en tablas en la dirección contraria del toreo. Urdiales le puso la zurda como si el toro fuera bueno. Y hasta lo creímos. Ya entre las rayas hubo una tanda diestra entre un torero que quiere y el toro que es obligado a ir. Meritazo. Del silencio a la música. De la mansedumbre al toreo. Gran tarde del riojano en casa, esas tardes que no siempre dan, pero siempre pesan.

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