Martes, 20 Agosto 2019 00:00

DIEGO URDIALES VUELVE A SENTAR CÁTEDRA EN BILBAO

Foto: Miguel Pérez-Aradros Foto: Miguel Pérez-Aradros Foto: Miguel Pérez-Aradros

Extracto de la crónica de Paco Aguado para Cuadernos de Tauromaquia www.caudernostm.com...

El maestro Urdiales volvió ayer a su cátedra bilbaína para impartir una nueva lección magistral. Otra más de las muchas que lleva dando toda la temporada aunque todavía no  le haya roto un solo toro por derecho. Pero precisamente por eso, lo suyo es aún más admirable.

El de ayer en el Botxo fue un zalduendo pitorrón y feoto, silleto y simplón de hechuras, que salió ya acusando su debilidad de riñones. y la gente se enfadó, claro. Los dos primeros tercios se los pasaron pidiéndole a Matías que lo devolviera a los corrales, mientras que el arnedano le aliviaba y le recuperaba de cada pérdida de manos, de cada rile, como adivinando posibilidades detrás de esa flojera que duró hasta banderillas, cuando era absolutamente impensable que de ahí pudiera surgir faena ninguna. Y menos aún para avalar una oreja de ley.

Pero en la arena estaba, sí, un maestro, que le hizo los merecidísimos honores en el brindis a Un mar de alamares y que ya en la primera serie, para ir adelantando, le sopló al desrazado Zalduendo dos derechazos enormes y  ligados, antes de que se volviera a afligir en el tercero. todavía era pronto. Así que siguió con su ejercicio de pulso, con la colocación sincera, la altura perfecta, los vuelos sabios y el enganche milimétrico, que el toro, noble y con voluntad potenciada, que no con clase, fue agradeciendo como reconstituyente. Y la faena remontó muy arriba.

Sostenida la obra en esa técnica de precisión, oculta salvo para el funo y solo al servicio del torero más puro, llegó ya el despliegue de clase: una tanda de cuatro cumbres por la derecha y otra igualde naturales con varios remates de solera. Y aun otra más espaciada, de unidades excelentes y pausadas, a un toro que parecía que ya no tenía más en su depósito de Vespino. Pero lo había, y aún se lo sacó el maestro en una última tanda a pies juntos siempre con el pecho entregado, que fue la firma mecida y recreada de la obra, un ejemplo clamoroso de los superpoderes que tienen los vuelos de la muleta cuando se saben manejar desde el palillo. Y cuando ¨Diego daba pletórico la vuelta al ruedo con el orejón, la feria de Bilbao había vuelto a recobrar la categoría que perdió bajo la lluvia y la desolación de los primeros días.

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