Sábado, 17 Agosto 2019 00:00

MAESTRÍA DE DIEGO URDIALES EN ILLUMBE

Foto: Chopera Toros Foto: Chopera Toros Foto: Chopera Toros
Extracto de la crónica de Paco Aguado para Cuadernos de Tauromaquia....
Ahora que el calificativo taurino de "maestro" está tan devaluado y tergiversado de tanto usarlo, de aplicárselo a cualquiera cuyo mérito sea el simple paso del tiempo en la profesión, habría que empezar a redefinirlo en sus argumentos para volver a dejar las cosas en su sitio.
Y si alguien quiere empezar a hacerlo puede tomar como ejemplo de auténtica maestría, sin ir más lejos, la que Diego Urdiales desplegó ayer en la última corrida de San Sebastián. Pues solo al alcance de un maestro está esa difícil facilidad caminista con la que, sin perder la compostura y la naturalidad, con la fluidez poderosa que surge de la relajación de figura, cintura, muñecas, el riojano consiguió lo que parecía imposible: pegarle naturales hondos -ojo, que no largos- y a ralentí a dos mansos con menos de media arrancada y locos por najarse. Una de las maravillosas paradojas del buen toreo.
Logros como ese sólo se obtiene cuando se tiene asimilado hasta la médula ósea el sentido auténtico del toreo, después de años de matizarlo, analizarlo, pensarlo y ensayarlo como un maníaco, hasta que cada detalle, cada recurso, cada mínimo gesto o movimiento acaban surgiendo no del cerebro sino del corazón, como otros maestros del arte manejan el pincel, las teclas, el buril...
La cuestión es que, lo mismo con el bruto y luego afligido primero que con el borricón desentendido que hizo cuarto, el señor Urdiales se sacó de la mango dos faenas insospechadas en las que, pese a tan escaso o nulo material, cuajó, a veces ligados, otras sueltos, una docena larga de los mejores muletazos y algún que otro lance, de los que se han visto en esta feria.
Y no por arte de magia, sino por un sabio dominio de la técnica que, al sevicio siempre de la pureza, le ha convertido en uno de los toreros más largos de las últimas décadas, como absoluto dominador que es de los registros de todo tipo de encastes: efectivamente un maestro.
Porque, sin venderlo, sin demagogia, ni propagandistas, el de Arnedo muestra sinceramente en sus grandes tardes todas esas claves al toro, por supuesto, pero también a cualquiera que lo quiera o lo sepa ver. la colocación idónea, siempre entregada y en la distancia precisa; la alltura adecuada del engaño en cada momento del trazo; la presentación más oportuna de la muleta; la sutileza exacta de los vuelos en le toque o el enganche; el trazo ritmado desde el pecho; el remate en el sitio conveniente... Todo tan complejo y fácil a la vez que cada embroque es una lección de tauromaquia. Y también un cebo tan aparentemente accesible para el enemigo que hasta esos dos boyancones de Illumbe no tuvieron más remedio que acudir una y otra vez tras la incitación de esa tela que no solo les atemperó y sujetó, sino que les hizo moverse mucho más de lo que querían.

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