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Jueves, 19 Abril 2012 22:11

FIRMEZA, TORERÍA Y NULAS OPCIONES ANTE LOS TOROS DE EL VENTORRILLO EN SEVILLA

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A Diego se le veía sereno y confiado antes de hacer el paseíllo, en esos tensos momentos en los que la suerte ya no tiene vuelta atrás, en los que se espera con impaciencia que un clarín hiriente toque a rebato para que comience el acto por el que llevas tantas noches de desvelo y tantos días de ilusión.

Dos horas y media después, Diego Urdiales abandonaba el coso del Baratillo con la misma serenidad con la que llegó a media tarde pero con la certeza consumada de que los toros de El Ventorrillo le habían vuelto a dejar sin probar el dulce sabor de un triunfo sobre el irregular albero de Sevilla.

Su primero, negro listón,  559 kilos Abrasadero de nombre, apenas le dejó estirarse a la verónica con el capote, tras un primer puyazo en el que el toro dejó claras sus pocas intenciones de humillar, Urdiales lo volvió a poner en suerte con un galleo por chicuelinas muy torero. El toro se desplazaba sin clase y sin fijeza en banderillas con el defecto añadido de no humillar en ningún momento. Diego estuvo muy firme en su trasteo, siempre la muleta por delante y pisando los terrenos comprometidos, pero el animal nunca se venía entregado y a la mínima tiraba el derrote buscando hacer presa. Tras intentarlo con esmero por ambos pitones lo pasaportó de una certera estocada.

Su segundo fue devuelto por inválido y en su lugar salió Guardamonte de la misma ganadería con 589 kilos de peso con el que Diego dejó detalles con el capote en varias verónicas meciendo el capote con gracia, antes ya se había lucido  por delantales de alhelí rematados por una media de cartel en un quite al primero de Jiménez Fortes. Diego prefirió no castigar mucho a su oponente en el caballo y dejarlo algo crudo para que llegase al último tercio con algo de movilidad. El toro se desplazaba pero su bronca embestida nunca terminaba de lucir en la muleta del riojano que no cejó en su empeño de ejecutar el toreo puro ante la poca clase del sobrero. Diego se fue a por la espada, pero antes de darle estoque, dejó su sello de clase y torería en unos ayudados por bajo para cerrar al toro en tablas que hicieron renacer añejos recuerdos de  olvidadas tauromaquias.


LO QUE SE HA ESCRITO:

Pablo García Mancha (La Rioja)

El riojano Diego Urdiales supo desde el primer momento lo que le aguardaba al intentar estirarse de capote con el primero de su lote, un torancón de tan corto cuello como de desagradecido comportamiento. A pesar de ello, pudo componer un precioso galleo para llevarlo al caballo por chicuelinas rematadas al final soltando el capote a una mano. El animal desde el inicio de la faena –muy molestada por ráfagas discontinuas de viento– comenzó a desarrollar sentido y a lanzar tarascadas en la muleta de Diego, que lo despachó eficazmente con una estocada habilidosa. No había manera de poder ligarle los muletazos, y por dos veces se frenó en mitad de los lances haciendo caso omiso de los toques y buscando descaradamente la anatomía del diestro. El segundo del lote de Diego perdió las manos en la primera verónica y presidente lo cambió acertadamente ante tamaña invalidez. Salió un sobrero muy ancho de pecho, pegajoso y con el que el riojano compuso una faena con altibajos en la que logró los mejores momentos con la mano izquierda. El toreo de Diego, tan reunido, tan clásico, es el menos indicado para un animal rebrincado que embestía sin gracia alguna soltando la cara y reponiendo al final de cada uno de los muletazos. Hubo algún momento, sobre todo al inicio, en los que pareció que la cosa iba a tomar vuelo, pero sólo al final, con unos estéticos doblones, se pudo sentir la fragancia de su toreo. Urdiales se también lució en un quite al primero de Jiméz Fortes. Fandiño tampoco tuvo suerte en sus toros y anduvo muy decidido, y el malagueño Jiménez Fortes demostró con su valor las ganas que tiene de ser torero.


Zabala de La Serna (El Mundo)

A la piedra hostil contra el futuro de la Fiesta miraban los toros de El Ventorrillo, atentos a todo menos a muletas y capotes. No habrase visto corrida más desentendida de sus obligaciones. El vuelo de una mosca la distraía. Horrible para estar delante con sus perchas y su basto trapío. Ya se vencía la media luna de la sombra sobre la mitad del albero de sol, cuando Diego Urdiales había despachado a un torazo suelto, sin humillar y a su aire rural. El impulso justo para gallear por chicuelinas. Fandiño intervino en su turno de quites con el capote a la espalda. Y casi le barre la mole con los cuartos traseros antes de la resolución en revolera. A Diego el riojano nada le fue posible más que andar en torero o descorchar una trincherilla de sabor. Todo lo narrado, y más, se estrelló contra el basto sobrero del mismo hierro de El Ventorrillo que sustituyó al cuarto. Bronco y desapacible. Urdiales siempre se coloca en clásico para hacer el toreo aunque no le salga.


Javier Villán (El Mundo)

Los toros de El Ventorrillo unos se derrumbaban aquejados de invalidez perniciosa y otros tiraban bocados y cabezazos malignos. Salió un sobrero enrazado de Montealto y descubrió las limitaciones de Jiménez Fortes, un muchacho de buena pinta torera y absoluto desconocimiento de los terrenos; o lo que es peor, con un mal uso de los mismos. Para terrenos y colocación ya estaban Diego Urdiales e Iván Fandiño. Los únicos muletazos dignos de tal nombre que se vieron fueron los del riojano y el vasco. Ni una facilidad por parte de la mansada de El Ventorrillo: un petardo de corrida. Los toreros, cuando han pegado el petardo, recurren al quite del perdón, que es una forma hidalga y elegante de reconciliarse con el personal cabreado. A las ganaderías sólo las reconcilia un toro de casta, que no salió ayer.

Los monarcas calaveras son como los toreros que recurren al quite del perdón cuando han hecho una mala faena. Ayer Urdiales hizo un quite por delantales excelente, aunque no necesitaba ser perdonado de ningún agravio. Pero estuvo bien, refrendando además una actuación con agallas y responsabilidad.


Javier Ilián (Marca)

El Ventorrillo tuvo su cuarto de hora hace ya varios años cuando las figuras la reclamaban y sus toros se lidiaban en los carteles de lujo. Pero el cambio de propietario y un manejo desafortunado de la ganadería ha dejado a ésta en los arrabales o a punto de desaparecer de las grandes ferias. Por ejemplo, la infumable corrida de ayer en Sevilla, que todos los taurinos vieron por televisión, será la puntilla por mucho tiempo.

Ya me dirán a quien le quedan ganas de ponerse delante de los productos de la casa después de ver la colección de mulos seminválidos de ayer. Una corrida que reventó una tarde en la que se esperaba mucho de la terna. El valor firme de Urdiales, bregando contra un lote desesperante para robar algún muletazo decente, resultó al final un estéril derroche de voluntad.

Y tampoco Iván Fandiño logró su objetivo de hacer crecer su cartel en Sevilla y eso que suyos fueron los mejores lances con el capote y los escasos naturales dignos de tal condición que los consiguió en el quinto toro. Le queda en la recámara la corrida de Victorino para que en la Maestranza valoren su auténtica dimensión.

Jiménez Fortes debe corregir esos detalles tan desafortunados como quitarse las zapatillas para un quite o hacer un desplante después de un desarme. ¿Quién será el que le ha enseñado a este muchacho? Lo mejor que le vimos, un quite por chicuelinas en el primer toro de Fandiño. La verdad es que le salió bordado. El resto de su actuación fue valentona en el tercero y no se acopló con el sobrero, el único que metió la cara en la muleta con cierta clase.


Carlos J. Trejo (Burladero.com)

Abría plaza el riojano Diego Urdiales. Sangró mucho el de ventorrillo. Muy violentito el astado, salía del embroque con la cara por las nubes y siempre a su aire. Continuó con tarascadas que a punto estuvieron de costarle la voltereta; una a siniestra y otra posterior, a diestra. Un regalito, que se dice en el argot. Metió Urdiales la espada con habilidad para dejar una estocada que precisaría del verduguillo.

El sobrero cuarto, dentro de los malos, no fue el peor. El titular fue devuelto por inválido. Esbozó el de Arnedo alguna verónica enjundiosa en el saludo capotero. Se dobló el torero en los primeros compases de faena con el feo toro. Sólo destellos en las primeras series mientras intentaba el acople con la bronca embestida del burel. Le faltó al torero enfibrarse antes de unos doblones finales con sabor que sería lo mejor del trasteo.


 

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