Viernes, 05 Junio 2015 06:02

DOS OVACIONES A LA TORERÍA Y NATURALIDAD DE DIEGO URDIALES EN MADRID

Foto: Carmelo Bayo Foto: Carmelo Bayo Foto: Carmelo Bayo

 

ASÍ LO HAN CONTADO:

 

ZABALA DE LA SERNA (El Mundo)

Las verónicas broncíneas de Diego Urdiales desprendieron un empaque monumental por el lado derecho. Una hondura que volaba más allá del embroque. Ganado el paso, genuflexo por el izquierdo por lo cruzado que se venía el toro. La media verónica en los medios tuvo sabor añejo. No le sobraban las fuerzas al adolfo. Tampoco la guasa mirona. Una mezcla difícil para caminar sin toques. El riojano se sacó al cárdeno apenas sangrado con un molinete al paso. Amagaba la arrancada al cuerpo del torero. Como un guanteo de prueba el inicio. Hasta que Diego Urdiales decidió poner las cosas en su sitio. Y tragó derechazos que impactaron por la emoción. Otros por la estética. Valiente en todos ellos. A pulso una tanda de naturales resuelta con una trincherilla de bramido. Pisó terrenos de fuego. De nuevo en redondo el pecho ofrecido al pitón contrario. Torería entonces, en un cambio de mano y en el broche de despedida. Media estocada sólo. Tendida y sin muerte. Y dos descabellos. No hubo premio mayor que una atronadora ovación.

Diego Urdiales apareció de nuevo para tapar un poco con su torería la adolfada. "¡Hay que dar de comer a los toros, ganadero!", le gritaron desde el '7' con cariño. Urdiales se encajó y dibujó una serie de categóricos redondos al mansito, humillado todavía con sus palas vueltas. Un cambio de mano y otra tanda que desembocó en el más lento derechazo de 28 días, un parón al tiempo. Inmenso como la trinchera. Se aburrió el toro desengañado y se soltaba de la muleta descolocando al torero. Enfrontilado a izquierdas y embrocado a derechas, metido en tablas para dibujar la última joya de La Rioja despaciosamente. La estocada que antes no se produjo sucedió ahora con contundencia. La plaza se volcó en una de esas ovaciones del 'Madrí' verdadero que revaloriza a un torero.

 

ANTONIO LORCA ( El País)

El primero de la tarde, al que Urdiales recibió con un par de verónicas de cartel, miraba al torero y le hacía una radiografía de cuerpo entero. No se le escuchó hablar al toro, pero con la cara lo decía todo. Le había enjaretado el torero un par de derechazos al comienzo de faena, hasta que el animal se orientó y se mostró dispuesto a hacerse el amo de la situación. Pero Urdiales atornilló las zapatillas, tomó conciencia del trascendental momento que estaba viviendo y plantó cara con una valentía incuestionable, y aguantó lo que parecía imposible, citando al pitón contrario, muy cruzado, y así dibujó pases sueltos de un mérito extraordinario. Palpitaba de tensión la plaza, se masticaba la voltereta, pero fueron surgiendo un natural larguísimo, una preciosa trincherilla, un remate con la izquierda y, al final, una explosión jubilosa cuando quedó sentenciado que el valor y la prestancia habían ganado a las supuestas aviesas intenciones del toro. No apreció la plaza en toda su dimensión la gesta de Urdiales, que protagonizó instantes de inmensa torería que no culminó con la espada.

 

PATRICIA NAVARRO (La Razón)

Ahí se afianzó Diego Urdiales. Ahí, tragando lo indecible hasta que el toro, de apabullantes pitones, decidía meterlos en la muleta. Era una ruleta rusa con balas de plomo. Y de acero la convicción del torero riojano para depurar el toreo, en busca del clasicismo y la verticalidad a pesar de vivir cada pase en el abismo. Mirón, de media arrancada y haciéndose el tonto. Ni de lejos lo era. Torerísima la puesta en escena de Urdiales. Los muletazos más despaciosos del festejo, y de muchas tardes, los dio con el cuarto con la mano derecha. Pasaba el toro de largo en la muleta sin entrega y desentendiéndose. Por ahí, se paró todo, lo visible y lo invisible, en una tanda espectacular de Urdiales. Palabras mayores. A ralentí la cámara lenta. Como el estocadón con el que puso fin. Hay maneras de estar en la plaza que son impagables.

 

AGENCIA EFE

lo de más sabor y sentido de toda la corrida lo hizo Diego Urdiales ante los dos toros de su lote, a los que sacó un partido mayor del que parecían ofrecerle.

Con una sincera torería, porque siempre se colocó muy puro en los cites y con mucho asiento de plantas, el riojano sacó muletazos de muy bello trazo y limpio temple a un animal que nunca se empleó pero al que tomó perfectamente la medida, incluso cuando se le paró y le siguió provocando muy cruzado entre los pitones.

El cuarto fue un toro noblón pero de muy escaso fondo de bravura, pues acudía con cierta inocencia, pero sin ningún celo, a cada llamada y se salía distraído o se violentaba si se le forzaba a entregarse.

Urdiales estuvo presto para aprovechar los momentos de mayor viveza del cárdeno, justo en la primera parte de la faena, para gustarse con la figura relajada y ofreciendo el pecho en cada muletazo. Fueron esos los momentos más bellos de la corrida, aunque no pudieron tener continuidad por la falta de raza del "adolfo".

Aún así, intentando prolongar esa nobleza huidiza, siguió el diestro de Arnedo salpicando de calidad y de buen gusto una obra que no pudo compactar pero que remató de una contundente estocada en lo alto, antes de escuchar una fuerte ovación de reconocimiento.

 

MARCO A. HIERRRO (Cultoro)

Pudo cortar una oreja a cada Adolfo, pero no creo que a estas alturas cambie Diego un despojo más o menos por sentir lo que esta tarde. Y lo que provocó en el tendido. Una trincherilla maciza y sentida al exigente primero, ese inicio de torería máxima para imponerse al disparo; pero sobre todo el sobrenatural derechazo que surgió en la segunda tanda al suave cuarto, suave, que no facilón. Para descargarte sobre los riñones y que le pese tu cuerpo al piso tienes que haber decidido que lo que tenga que ser va a ser muy bienvenido en el momento que venga. Por eso sabes que no es esa tarde el momento de pensar a futuro, ni de buscar el pelo, ni de contentar a nadie; de ahí su mueca de compasión por quien no entendía el misterio. Sabía Diego hoy que en la embestida humillada e informal del corto Aviador estaba la respuesta a su pregunta.

 

RAFA NAVARRO (Burladero.com)

Último jueves de “Los Jueves de Urdiales”. En todas las tardes ha dejado su marca de identidad y detalles de su personalidad pero hoy pudimos ver más que detalles. Su toreo pausado y templado encaja a la perfección con la afición de Madrid y así se lo reconocieron haciéndole saludar dos ovaciones. Su primero entró con gusto por el pitón derecho en el capote del riojano que lanceó pausado a la verónica. Mirón este primero que se tragaba el primero pero le buscaba en el segundo en las primeras series. Le costaba arrancar a los cites de Urdiales. Aguanta el riojano esas miradas y parones a mitad de pase por el derecho. Un par de naturales destacables y por encima el diestro ante un complicado astado. Uno a uno y entre pitones le robó derechazos con mucho empaque. Media en buen sitio que necesitó de dos descabellos. El cuarto fue más parado pero volvió a demostrar con pinceladas, la forma tan torera que tiene de entender su profesión. Ligó a media altura por el derecho sin quitarle el engaño y conduciendo la embestida con remate por bajo. Cuando le dejó un hueco salió desentendido queriendo rajarse. Muy templado el riojano con muletazos despaciosos aprovechando la poca fuerza del de Adolfo. Detalles muy toreros y de nuevo por encima de su rival. Estocadón aunque tardó en doblar y de nuevo el reconocimiento de la afición. Hora de hacer balance tras tres tardes. En la corrida de Adolfo del pasado Otoño y tras su tremenda actuación, se ganó tres tardes en el ciclo. Es Adolfo y esta vez con una corrida más sosa, el que le vuelve a dar el reconocimiento que merece. A Urdiales le va la marcha.

JAVIER HERNÁNDEZ (Vivir y Torear)

Hubo torería, hubo toreo de capa, una verónica de compás abierto, esclavina en la barriga y el corazón torero asomándose por encima; hubo una media completa con aromas de Chenel, y una faena sabrosa con argumento, nudo y desenlace. Hubo Urdiales, hubo un torero que sintió la radiografía que le hacía el primer Adolfo cuando llegaba dormido y le clavaba las bombillas de sus ojos en todo el pecho. Hubo que tragar, que tener la sangre fría para esperar a que el toro decidiese si muleta u hombre. Hubo una faena que no fue seguida pero sí que tuvo hilazón, porque se enseñaron las dificultades, se trataron de solventar y se disfrutó tras la solución. Casi nada. Lo que otros días salvó a Diego ahora le marró, la espada, que entró a medias y tendida ¡Ay si no!

Con el toro cuarto se pudo palpar el alma de Diego. Toro estrecho de cuerpo y de sienes, veletillo, que sacó ese dulce y franco caminar de estos toros cuando llevan bajo el depósito del poder y la bravura. Ese dulce son con el que Diego de Arnedo se puso a compás, se abandonó, se fundió Diego a veces olvidando que el engaño había que dejarlo allí para que el toro no abandonase la danza. Hubo, vaya si hubo, la trinchera abundante y rebosante, el toreo de cintura y un derechazo circular que todavía dura. Hubo alma, son y sonsonete, también ese pitidito pertinaz, soez y malsonante que ya es música de fondo cuando llegan las figuras. Y espada. No hubo oreja, pero hay recuerdo.


 

 

 

 

 

 

 

 

 




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