Sábado, 23 Mayo 2015 08:52

TORERÍA, PUREZA Y VALOR EN MADRID

Diego Urdiales regresaba a Madrid después de realizar la mejor faena de la pasada feria de Otoño 2014 ante "Sevillanito" un toro de Adolfo Martín con el que puso a todos de acuerdo toreando al natural. Volverá Urdiales a enfrentarse con los Albaserrada de Adolfo el próximo 4 de junio en el tramo final de esta feria en la que hizo su primer paseíllo acompañado de Sebastián Castella y Alejandro Talavante y que se saldó con una vuelta al ruedo en su segundo después de realizar una faena muy emotiva ante un Cuvillo con raza que se metía por los adentros y al que le faltó humillar a la hora de seguir la pequeña muleta del torero de Arnedo que extremadamente pulcro en su colocación se la ofrecía una y otra vez con sus vuelos al aire para dibujar muletazos de gran calidad en redondo, templados y acompasados como fueron los de la primera tanda por el derecho tras sacárselo con soltura y clase más allá del tercio. El toro pese al defecto de la poca humillación acudía pronto a los cites pero acababa arrollando al tercer muletazo desluciendo así el final de las tandas y haciendo imposible sacar la muleta por debajo de la pala del pitón, pero Diego Urdiales siguió apostando y dibujó bellísimos pasajes al natural con su toreo puro, clásico y de valor, destacando por encima del conjunto una trincherilla enorme en el tiempo y en la ejecución con la que hizo rugir a las veintemil almas que llenaban Las Ventas al igual que con los naturales a pies juntos enforntilado y roto con los que cerró una faena que minutos antes había brindado al Maestro Curro Romero. Mató de una estocada entera quizás ligeramente contraria que hizo que el toro no cayera rodado, después el fallo con el verduguillo impidió que el riojano pasease la primera oreja de la tarde, pero no que el público le ovacionase con fuerza en el saludo y en la vuelta al ruedo.

En su primero, había quedado inédito debido a la excasa fuerza del ejemplar de Cuvillo que sin embargo tenía una gran clase en su embestida. Diego brindó a su Majestad el Rey Don Juan Carlos pero una vez comprabadas las nulas opciones de triunfo, optó por abreviar.

El próximo compromiso de Urdiales en Madrid será el jueves 28 con la de Victoriano del Río y David Fandila "El Fandi" e Iván Fandiño como compañeros de ccartel.

 

LO QUE SE HA ESCRITO:

 

BARQUERITO (Colpisa)

Por Romero fue, en fin, una faena de excelente trazo, disciplina clasicista, rancio regusto y valor de verdad. Todo eso –el sentido clásico del toreo viejo- fue lo que ponderó Romero para sorpresa de muchos. El Viti vino a decir casi lo mismo pero con otras palabras muy poco después. Bendecido el  torero de Arnedo por dos de los grandes maestros vivos. Romero, tan poco dado al elogio como a la censura; El Viti, nunca censor pero poco amigo de regalar palabras mayores si no las siente.

A tan caros elogios hizo honor Urdiales con un trabajo de encaje impecable. Incluso cuando se le revolvió el toro, o las dos o tres bazas en que los ataques por la mano izquierda tuvieron son incierto. Muleta pequeña, que es la suya de siempre y en días de viento se maneja peor que las grandes aunque parezca paradoja. Y, en fin, no pocas sino bastantes sutilezas. El comienzo de faena, tanteo por abajo en pases cambiados, fue de muy lindo compás. La ligazón, tan impecable como el encaje, pues no es común entender una cosa sin la otra. Las pausas justas; no sencilla la elección de terrenos que a veces descompuso el viento; compuesta la figura como si cayera el cuerpo a plomo.

El ritmo lo pusieron el medio compás de pies abierto o el medio pecho, tan reconocibles en el Romero clásico, y, sin embargo, la cumbre de la faena fueron cuatro naturales de frente. Perfectos. Más desahogado en esos viajes frontales el toro, que por la izquierda lo puso difícil y hasta se metió en un par de remates de trinchera. Entre las piezas del repertorio, Diego interpretó con rico esmero unas cuantas: dos desplantes de recurso y no de adorno –más vitistas que curristas, por tanto- , el pase de las flores en el toreo andado previo a la igualada, el molinete frontal y a pies juntos para abrir tanda.

No fue, por todo eso, faena de tirar líneas sino todo lo contrario. Aunque el exceso de enganchones en el toreo en redondo  dejara el subrayado de los oles sin terminar. Cuando Urdiales se perfiló con la espada, se sintió el silencio de las grandes ocasiones. Un reparo: demasiado larga, la faena había sido castigada con un aviso antes de montar Diego la espada. Y otro: la estocada, atravesada y sin muerte, precisó del refrendo de tres descabellos, y sonó un segundo aviso. No a todos les convenció que Diego aceptara una invitación mayoritaria a dar la vuelta al ruedo. Antes de las bendiciones del pasado invierno, Urdiales ya había toreado en Madrid más de un toro a ley. Esta vez la gente parecía tener en la mano la partitura para escuchar la música.

 

ZABALA DE LA SERNA (El Mundo)

Curro Romero había viajado desde Sevilla para arropar a Urdiales. De brindar al Rey al Faraón. Como correspondía a tal ofrenda, Diego le puso sabor al caballote que embestía sin descolgar. Torería en las dobladas y colocación y verdad en su derecha. Una tanda despedida con el obligado de pecho, otra con un trincherazo cabal. De tanto ajustar el embroque hubo un desajuste: los lomos del toro arrollaban al menudo matador de La Rioja. Tomó distancia Diego, cambió la mano y pensó el toreo al natural. No del todo limpio. Ni siquiera inmaculado. Sino bañado de imperfecciones añejas. A pies juntos había una estampa vazqueña. Dos naturales sembrados y una trincherilla que duró de aquí a la eternidad. Un cartel de toros. Ya estaba la cosa. Demasiado para lo que el toro regalaba: nada. Apurar por apurar. Una estocada de travesía sin muerte. Había caído un aviso. Y varios descabellos. Y adiós a la oreja. Y otro recado por despiste. ¿Por qué no la vuelta ruedo? Fue.

 

PATRICIA NAVARRO (La Razón)

Curro vino a Madrid a ver a Urdiales y por un momento, mágico siempre, Las Ventas olía a Romero. A él brindó el cuarto, un toro manejable pero brutote y con falta de entrega. Esa la puso Diego. No pudimos disfrutar como quisimos, pero sí dejó esa puesta en escena, pura y verdadera, que vive de los pequeños detalles, los imposibles, aunque pasen desapercibidos para la mayoría. El embroque con el toro es brutal. El descabello afeó, pero a Diego se le espera por lo que tiene dentro y que tan poco abunda. Poco le dejó expresar un primero, deslucido y falto de fuerza.

 

MARCO A. HIERRO (Cultoro)

... llevaba todo un invierno soñando la colocación perfecta para ejecutarla hoy. Da igual que sea en Madrid, en Pernambuco o debajo de una encina cuando se desnudan los ideales para destapar la verdad. Ese cuarto de hechura fea, largo cuello, mano alta y eterno lomo debía examinar los conceptos. Y Diego le dio los frentes, se encaró en el medio pecho, le sacó tela despacio y se la puso en el belfo para que oliera un torero. Luego le limó esquinas con el talón enterrado, le disparó la diestra al frente y se fue con la cadera hasta que no hubo final. Allí se esconde el misterio, le dijeron a la hormiga, que lo quiso buscar despacio, como se muere un reloj. Se arrojó a las trincheras cuando ya no hubo viaje, y le duró tres mundos el que mejor se sintió; cadente, despacioso, deletreado y puro para morir en la corva sin importar la exposición. Madrid en pie reconociendo a la hormiga. Paladeando el toreo.

 

PABLO GARCÍA-MANCHA (La Rioja)

Tuvo la oreja del cuarto en la mano pero el fallo con el descabello enfrió el rescoldo de una faena profusamente técnica, meritísima y sincera ante un torancón de Cuvillo sin clase, ritmo ni humillación que se venía por dentro casi siempre y que soltaba la cara con feo estilo en el remate de los lances. Fue una labor nacida del corazón de Diego que había brindado a Curro Romero,

y en la que fue capaz, de manera inopinada, a pesar del toro nulo que tenía delante, de componer momentos de gran belleza y plasticidad. Salvarse del toro, ésa era la clave; estar por encima de su mediocridad, de su mala baba, de lo imposible que lo estaba poniendo casi todo.

Pero Diego Urdiales, que es todo fe, adivinó una rendijilla abierta por el lado derecho del animal, apenas un resquicio y logró engarzar una faena resuelta por los adentros con especial majeza y en la que tuvo tiempo para dibujar auténticos carteles, como esa trincherilla salvaje y descarnada que le regaló a Curro Romero; fue la trincherilla de Curro, la firma de un torero en sazón al que la suerte volvió a dejarle de lado.

 

PACO AGUADO (EFE)

El cuarto, el más alto de la corrida de Cuvillo, nunca quiso emplearse ni entregarse ante la paciente muleta de Diego Urdiales, que se dobló con efectividad con él al abrir una faena en la que siempre buscó atemperar con temple sus oleadas.

Con suavidad de muñecas y mucha sinceridad en los cites, el torero de Arnedo fue poco a poco sacándole al toro pases de calidad de mucha conexión en el tendido, hasta ligarle finalmente una guinda de tres soberbios naturales a pies juntos que tuvieron el sabor de la tauromaquia más clásica y pura. Sólo sus fallos con el descabello demeritaron una obra en la que resaltó básicamente el gran concepto del riojano.




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